
Uno de los recuerdos más amargos (si es que se puede calificar de esa forma) que tengo de mi infancia es que no tuve videoconsola hasta casi entrar en la adolescencia. La primera consola que tuvimos mi hermano y yo fue una Gameboy (la clásica tocha) que venía en un pack con el Super Mario Land (juegazo) y el Tetris.

Y es que tras años y años pidiendo en cada cumpleaños, en cada santo y en cada día de Reyes una videoconsola mis padres accedieron por fin a gastarse las 12000 pesetas que costaba la Gameboy. Y este momento no llegó hasta que yo tuve 13 años (anda que ya les vale).
Pero, al menos en mi caso, las ganas de tener una videoconsola las tenía no sólo por el hecho de lo guays que eran los videojuegos (en aquella época era como estar en contacto directo con el futuro, y eso molaba). La gran culpa de esta ambición por poseer una videoconsola la tenían mis compañeros de clase, los cuales todos tenían la Megadrive (en su mayoría) y la Super Nintendo (éstos eran los menos), y cada mañana tenía que aguantar cómo hablaban de lo guapos que estaban los juegos del momento: cómo Sonic se tránsformaba en superguerrero en Sonic 3, cómo alguien había descubierto hacer el hadouken de fuego en el Super Street Fighter II y así montones de anécdotas en las que me perdía por no tener lo que ellos tenían: una videoconsola.
Mientras tanto, en los años previos a tener mi primera consola, mi madre (para quitarnos ese gusanillo que nos comía por dentro a mi hermano y a mí) nos llevaba de vez en cuando al salir del colegio a un salón recreativo en el que literalmente disfrutábamos como enanos y a la vez me daba la oportunidad de tener algo de que hablar al día siguiente en el recreo. También recuerdo como me escaqueaba muchas tardes a casa de un amigo que tenía la Megadrive y nos tirábamos la tarde entera jugando al Sonic 2. La verdad es que en pocas ocasiones he disfrutado tanto con un videojuego como en aquellas tardes.

Tras eso llegaría la época de la PlayStation en la que yo seguía con mi Gameboy. Todos mis compañeros de clase dieron el salto a la nueva generación, menos yo. Y en este caso mi frustración fue a peor, ya que en ésta época el pirateo de consolas dio la posibilidad a la gente de jugar a muchísimos juegos, por lo que ya sí que me sentía totalmente perdido. Escuchaba con envidia lo geniales que eran el Final Fantasy VII y el Metal Gear Solid. En este caso nunca llegué a tener una PlayStation y sólo pude disfrutar de sus juegos años después con un emulador para PC. Ya no era lo mismo, la magia se había perdido. Lo que si tuve siempre fue un ordenador en el que más o menos iba al día con los videojuegos de PC, pero eran pocos los que jugaban en PC. Las consolas arrasaban y si no tenías consola no tenías sitio en el patio del colegio. En fin, a día de hoy eso de tener o no tener consola me da más o menos igual, más que nada porque ahora sí tengo. Lo que me apena un poco es no tener esa ilusión con los videojuegos (y con todas las cosas en general) que tenía antes.